10 mar. 2010

Kathmandú: viene trepando

La capital y ciudad más poblada de Nepal, tira 27 °C al mediodía, y -5°C a medianoche. Libre de la monarquía oficialmente y república democrática desde Abril 2009. Sin duda es un país en crecimiento y modernización, que tiene mucho para compartir:
--Extensas ferias diarias en el centro de la ciudad
--Gran variedad de grupos étnicos
--La famosa Durbar Square
--Yankees
--Hoteles*
--Y más...

¿No te dan ganas de irte ya para ahí?

*Nunca EN LA VIDA iría a un hotel que tiene por nombre 'Garronero'.

26 nov. 2009

A oscuras

La vista nublada no me deja ver bien lo que ocurrre. Alguien me persigue y voy corriendo por los pasillos de una escuela. Mis manos van rozando las paredes ásperas mientras, a la corrida, voy mirando dentro de las aulas. Siento gritos detrás de mi. Me vieron. Tengo que encontrar una salida. Estaba en el primer piso de la escuela, y delante de mi veo una puerta que da hacia un patio. Intento abrirla pero está cerrada. Pateo la cerradura con fuerza y la puerta cede. Ya en el patio no lo pienso dos veces, veo la baranda y salto al vacío. Me preparo para aterrizar sobre mis pies, pero la caída se prolonga. Miro hacia abajo y veo que todavía faltan varios metros para llegar al suelo. Escucho los gritos de mis perseguidores, y los veo chiquitos allá arriba. Sigo cayendo, el sentimiento se alarga, y no termina.

Me despierto alterado, con el corazón a mil, la nariz tapada y con dificultades para respirar. Hacía un frío terrible en el cuarto. Me acurruqué todo lo que pude mientras estiraba la mano para agarrar el pañuelo del cajón. Un viento gélido entraba por la ventana y me obligó a levantarme; acurrucarse ya no me daba resultado. Cerré la ventana y fui hacia la cocina, estaba sediento. Llegué a la cocina, a oscuras, y me serví desesperado un vaso con agua. Pensé en comer algo antes de volver a la cama, pero me dio fiaca. Sin esforzárme demasiado me dirigí al cuarto para descansar un poco antes de que empezara mi día. Al llegar a la puerta del cuarto me dieron ganas de ir al baño; provocadas por el vaso de agua quizás. Una vez contestado el llamado de la naturaleza, me dirijo al cuarto, definitivamente. Me acuesto y siento nuevamente un frío terrible. levanto la vista y la ventana estaba abierta, otra vez. Me levanto con toda la paciencia del mundo, y examino rápidamente el cerrojo. Tal vez estaba vencido y tenía que encontrar otra manera de cerrar la ventana. Miré si había algo alrededor del marco impidiendo que la ventana se cerrara correctamente, nada del lado de adentro. Voy a mirar del lado de afuera y un viento estrepitoso me hace tambalear. Una sensación de vértigo me sacude y me agarro de uno de los lados del marco, pero el viento se hace más fiero y amenaza con tirarme hacia afuera. Nervioso ante el sorpresivo empujón del aire, me agarro de las cortinas, con la otra mano, pero parece ser en vano. Arqueado y en una posición extraña no tengo otra opción más que ver como el viento me revolea por el aire, y la mitad de mi cuerpo se encuentra ahora fuera de la ventana. Mi mano no encuentra agarre en el marco, y las cortinas comienzan a ceder. Una a una las argollas se van rompiendo hasta que estoy completamente a merced de aquella fuerza de la naturaleza.
Pienso que la caída no puede ser tan grave desde un primer piso. Miro hacia abajo y, ante mi sorpresa, no veo el suelo. Sigo teniendo la sensación de caída vertiginosa, y deseo con ansias que llegue el aterrizaje, por más duro que sea. La caída no acaba, sigue, y sigue. El miedo crece a medida que voy acelerando, rodeado de oscuridad, y de un vacío que me enferma desde la panza hasta la cabeza.
Pataleo y siento que mi nariz choca contra algo. Todo vuelve a estar quieto, calmo. Huele a madera, a mi cuarto. Abro los ojos y me doy vuelta, boca arriba, para ver en la oscuridad el techo. Hacía un frío terrible, y un viento gélido entraba por la ventana. Me había caído de la cama. Estaba ahora a oscuras, transpirando, con el corazón a mil, la nariz tapada y dolorida, sediento, con ganas de ir al baño, y la ventana abierta.

10 ago. 2009

Última Carta

Corría lo más rápido que podía hacia el hospital, con la carta en mis manos. Él le había escrito después de muchisimo tiempo. No podía ser coincidencia, obviamente sabía por lo que estábamos pasando y seguro había llamado a alguien de la familia o a algún amigo para saber como estábamos. Nunca apareció, siempre estuvo ausente, pero estoy segura siempre estuvo al tanto de lo que ocurría. No me animé a abrir la carta, por una cuestión de respeto supremo que la Abuela me inculcó desde pequeña.
Las piernas no me daban para correr más rápido, y ya sentía un mareo extraño y hormigueos, como cuando uno está a punto de desmayarse. Llegué al hospital sin aliento, pero seguí corriendo hasta la habitación donde se encontraba la Abuela, superando los intentos de enfermeras y doctores en detenerme.
Llegué a la puerta de la sala y al entrar veo a mis Padres que lloran abrazados, y un tumulto de enfermeras y doctores (no pude reconocer quienes eran quienes) en la camilla de la Abuela. Tambaleé y tuve que apoyarme contra la pared. El pitido de la máquina taladró en mi mente y se perdió en una neblina de pensamientos. Las imágenes se volvieron borrosas y sin darme cuenta caí sobre mis rodillas, con la carta aún en mi mano.

No se pudo hacer nada más, la Abuela había fallecido luego de semanas internada. Los médicos abandonaban la sala cabizbajos y nos daban unos momentos cerrando la puerta al salir.
Mis Padres desolados contemplaban la imagen sentimentalmente partidos en pedacitos. Lloraban juntos, tomados de la mano. Me paré junto a Mamá y puse mi mano en su hombro. Ella me abrazó instantáneamente, aferrándose con todo su ser. Sentí la mano de Papá acariciándome la espalda un momento después.
La Abuela brillaba inerte, con su rubia cabellera lacia descansando por sobre sus hombros. Su esbelta figura resaltaba sobre las ropas de cama. Hermosa como ninguna, fina como el cristal, pálida, transparente.
Nos quedamos envueltos en la pura tristeza por un rato hasta que Papá interrumpió el silencio para irnos. Le mencioné lo de la carta, y que necesitaba leérsela a la Abuela. Él asintió y me dijo que me esperaban en la recepción con Mamá.

Una vez a solas, me acerqué a la Abuela. La tomé de la mano y le pedí perdón anticipadamente, porque iba a abrir su carta. Le dije que era de él, que le había escrito después de no se cuanto tiempo. Un silencio gris se apoderó de la sala y una lágrima volvió a recorrer mi mejilla, seguida de un vacío intenso en el pecho. En el fondo quería que la Abuela me contestara, quería que abriera los ojos y escuchara esto último que tenía que decir. Me compuse y con una extraña firmeza comencé a leer:

“Querida Marianella,

Lamento haber estado ausente por tanto tiempo. Debí haber escrito hace mucho, pero como sabrás soy bastante complicado.
Sé que estás en buenas manos, nuestra hija siempre ha estado a tu lado y eso me deja tranquilo, aunque de seguro poco importe lo que opine al respecto.
Siento mucho no poder estar ahí para decirte lo que sigue a continuación.

Desde que nos separamos no has salido de mi mente, ni un solo día. Te he pensado a diario, he recorrido tu ser en mi memoria, y revivido imágenes de nuestras mejores épocas. He sufrido, he llorado y te he extrañado a cada minuto de existencia lejos de tu ser. La culpa y la tristeza se apoderan de mi alma y de mi corazón, que te amaron desde el primer momento en que nuestras miradas se cruzaron.
Quisiera estar ahí para tomarte en mis brazos y sentirte una vez más. Quisiera estar ahí para ser capaz de amarte hasta el fin de los días. Quisiera estar ahí...
Nunca nadie igualará la belleza de tu ser, la paz de tu mirada, la suavidad de tu voz, el brillo alegre de tus ojos, o la ternura de tu tacto. Eres la mujer de mi vida.
Sé que es tarde para esto, pero te pido perdón, una vez más, por todo lo que has sufrido por mi culpa.
Dile a Viki que también la extraño mucho, y cuiden de mi nieta. Las llevo conmigo todo el tiempo.

Te amo—por favor, no lo olvides,

Juan Martín”

Un trueno me sacó del trance cuando retumbó en las salas y pasillos del hospital. El Doctor acompañado de un enfermero pidió permiso y comenzó a preparar todo para mover a la Abuela y dejar la sala libre.
En un florero, situado sobre una mesita en el rincón de la sala, una rosa amarilla seguía brillando radiantemente entre sus compañeras de ramo captando mi atención. Decidí separarla del resto de las rosas, todas marchitas, y llevármela conmigo. Al salir de la sala sentí a la Abuela tomándome de la mano, y su voz reapareció por última vez en mi mente: “Todo va a estar bien, mi chiquita”.