10 ago. 2009

Última Carta

Corría lo más rápido que podía hacia el hospital, con la carta en mis manos. Él le había escrito después de muchisimo tiempo. No podía ser coincidencia, obviamente sabía por lo que estábamos pasando y seguro había llamado a alguien de la familia o a algún amigo para saber como estábamos. Nunca apareció, siempre estuvo ausente, pero estoy segura siempre estuvo al tanto de lo que ocurría. No me animé a abrir la carta, por una cuestión de respeto supremo que la Abuela me inculcó desde pequeña.
Las piernas no me daban para correr más rápido, y ya sentía un mareo extraño y hormigueos, como cuando uno está a punto de desmayarse. Llegué al hospital sin aliento, pero seguí corriendo hasta la habitación donde se encontraba la Abuela, superando los intentos de enfermeras y doctores en detenerme.
Llegué a la puerta de la sala y al entrar veo a mis Padres que lloran abrazados, y un tumulto de enfermeras y doctores (no pude reconocer quienes eran quienes) en la camilla de la Abuela. Tambaleé y tuve que apoyarme contra la pared. El pitido de la máquina taladró en mi mente y se perdió en una neblina de pensamientos. Las imágenes se volvieron borrosas y sin darme cuenta caí sobre mis rodillas, con la carta aún en mi mano.

No se pudo hacer nada más, la Abuela había fallecido luego de semanas internada. Los médicos abandonaban la sala cabizbajos y nos daban unos momentos cerrando la puerta al salir.
Mis Padres desolados contemplaban la imagen sentimentalmente partidos en pedacitos. Lloraban juntos, tomados de la mano. Me paré junto a Mamá y puse mi mano en su hombro. Ella me abrazó instantáneamente, aferrándose con todo su ser. Sentí la mano de Papá acariciándome la espalda un momento después.
La Abuela brillaba inerte, con su rubia cabellera lacia descansando por sobre sus hombros. Su esbelta figura resaltaba sobre las ropas de cama. Hermosa como ninguna, fina como el cristal, pálida, transparente.
Nos quedamos envueltos en la pura tristeza por un rato hasta que Papá interrumpió el silencio para irnos. Le mencioné lo de la carta, y que necesitaba leérsela a la Abuela. Él asintió y me dijo que me esperaban en la recepción con Mamá.

Una vez a solas, me acerqué a la Abuela. La tomé de la mano y le pedí perdón anticipadamente, porque iba a abrir su carta. Le dije que era de él, que le había escrito después de no se cuanto tiempo. Un silencio gris se apoderó de la sala y una lágrima volvió a recorrer mi mejilla, seguida de un vacío intenso en el pecho. En el fondo quería que la Abuela me contestara, quería que abriera los ojos y escuchara esto último que tenía que decir. Me compuse y con una extraña firmeza comencé a leer:

“Querida Marianella,

Lamento haber estado ausente por tanto tiempo. Debí haber escrito hace mucho, pero como sabrás soy bastante complicado.
Sé que estás en buenas manos, nuestra hija siempre ha estado a tu lado y eso me deja tranquilo, aunque de seguro poco importe lo que opine al respecto.
Siento mucho no poder estar ahí para decirte lo que sigue a continuación.

Desde que nos separamos no has salido de mi mente, ni un solo día. Te he pensado a diario, he recorrido tu ser en mi memoria, y revivido imágenes de nuestras mejores épocas. He sufrido, he llorado y te he extrañado a cada minuto de existencia lejos de tu ser. La culpa y la tristeza se apoderan de mi alma y de mi corazón, que te amaron desde el primer momento en que nuestras miradas se cruzaron.
Quisiera estar ahí para tomarte en mis brazos y sentirte una vez más. Quisiera estar ahí para ser capaz de amarte hasta el fin de los días. Quisiera estar ahí...
Nunca nadie igualará la belleza de tu ser, la paz de tu mirada, la suavidad de tu voz, el brillo alegre de tus ojos, o la ternura de tu tacto. Eres la mujer de mi vida.
Sé que es tarde para esto, pero te pido perdón, una vez más, por todo lo que has sufrido por mi culpa.
Dile a Viki que también la extraño mucho, y cuiden de mi nieta. Las llevo conmigo todo el tiempo.

Te amo—por favor, no lo olvides,

Juan Martín”

Un trueno me sacó del trance cuando retumbó en las salas y pasillos del hospital. El Doctor acompañado de un enfermero pidió permiso y comenzó a preparar todo para mover a la Abuela y dejar la sala libre.
En un florero, situado sobre una mesita en el rincón de la sala, una rosa amarilla seguía brillando radiantemente entre sus compañeras de ramo captando mi atención. Decidí separarla del resto de las rosas, todas marchitas, y llevármela conmigo. Al salir de la sala sentí a la Abuela tomándome de la mano, y su voz reapareció por última vez en mi mente: “Todo va a estar bien, mi chiquita”.