La vista nublada no me deja ver bien lo que ocurrre. Alguien me persigue y voy corriendo por los pasillos de una escuela. Mis manos van rozando las paredes ásperas mientras, a la corrida, voy mirando dentro de las aulas. Siento gritos detrás de mi. Me vieron. Tengo que encontrar una salida. Estaba en el primer piso de la escuela, y delante de mi veo una puerta que da hacia un patio. Intento abrirla pero está cerrada. Pateo la cerradura con fuerza y la puerta cede. Ya en el patio no lo pienso dos veces, veo la baranda y salto al vacío. Me preparo para aterrizar sobre mis pies, pero la caída se prolonga. Miro hacia abajo y veo que todavía faltan varios metros para llegar al suelo. Escucho los gritos de mis perseguidores, y los veo chiquitos allá arriba. Sigo cayendo, el sentimiento se alarga, y no termina.
Me despierto alterado, con el corazón a mil, la nariz tapada y con dificultades para respirar. Hacía un frío terrible en el cuarto. Me acurruqué todo lo que pude mientras estiraba la mano para agarrar el pañuelo del cajón. Un viento gélido entraba por la ventana y me obligó a levantarme; acurrucarse ya no me daba resultado. Cerré la ventana y fui hacia la cocina, estaba sediento. Llegué a la cocina, a oscuras, y me serví desesperado un vaso con agua. Pensé en comer algo antes de volver a la cama, pero me dio fiaca. Sin esforzárme demasiado me dirigí al cuarto para descansar un poco antes de que empezara mi día. Al llegar a la puerta del cuarto me dieron ganas de ir al baño; provocadas por el vaso de agua quizás. Una vez contestado el llamado de la naturaleza, me dirijo al cuarto, definitivamente. Me acuesto y siento nuevamente un frío terrible. levanto la vista y la ventana estaba abierta, otra vez. Me levanto con toda la paciencia del mundo, y examino rápidamente el cerrojo. Tal vez estaba vencido y tenía que encontrar otra manera de cerrar la ventana. Miré si había algo alrededor del marco impidiendo que la ventana se cerrara correctamente, nada del lado de adentro. Voy a mirar del lado de afuera y un viento estrepitoso me hace tambalear. Una sensación de vértigo me sacude y me agarro de uno de los lados del marco, pero el viento se hace más fiero y amenaza con tirarme hacia afuera. Nervioso ante el sorpresivo empujón del aire, me agarro de las cortinas, con la otra mano, pero parece ser en vano. Arqueado y en una posición extraña no tengo otra opción más que ver como el viento me revolea por el aire, y la mitad de mi cuerpo se encuentra ahora fuera de la ventana. Mi mano no encuentra agarre en el marco, y las cortinas comienzan a ceder. Una a una las argollas se van rompiendo hasta que estoy completamente a merced de aquella fuerza de la naturaleza.
Pienso que la caída no puede ser tan grave desde un primer piso. Miro hacia abajo y, ante mi sorpresa, no veo el suelo. Sigo teniendo la sensación de caída vertiginosa, y deseo con ansias que llegue el aterrizaje, por más duro que sea. La caída no acaba, sigue, y sigue. El miedo crece a medida que voy acelerando, rodeado de oscuridad, y de un vacío que me enferma desde la panza hasta la cabeza.
Pataleo y siento que mi nariz choca contra algo. Todo vuelve a estar quieto, calmo. Huele a madera, a mi cuarto. Abro los ojos y me doy vuelta, boca arriba, para ver en la oscuridad el techo. Hacía un frío terrible, y un viento gélido entraba por la ventana. Me había caído de la cama. Estaba ahora a oscuras, transpirando, con el corazón a mil, la nariz tapada y dolorida, sediento, con ganas de ir al baño, y la ventana abierta.
26 nov. 2009
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)