La alarma del celular sigue sonando en mi mente creando un eco que se expande hacia todas direcciones. El eco en mi mente produce frecuencias de sonido que no puedo percibir, más que un chillido molesto.
Me encierro en una burbuja en mi mente y me aislo de las cosas que molestan, de ese sonido insoportable. El silencio me gobierna una vez más y en la paz infinita vuelvo a mi sueño anterior.
Estoy tocando la armónica ante un público conocido, la mayoría amigos. No estoy seguro si todo es parte de un show, de una tarde de mate y galletitas, o un cumpleaños. Ensayo una canción del folklore popular, todos las conocen. Toco una nota equívoca pero enseguida arreglo el arpegio y la canción adquiere sentido rápidamente. Estimo risas entre los espectadores y en un breve silencio me arrancan una guiñada.
La canción no termina pero siento que los sonidos se extinguen de a poco, como si me fueran encerrando en un cuarto de algodón cuyas paredes crecen rápidamente hacia el centro, y me aprietan dejándome inmóvil y en silencio. Un brillo extremo me deja ciego, y siento el eco de la alarma del celular en mi mente una vez más. Me perturba, pero me va liberando de ese algodón, regresándome a la burbuja, la cual esta vez no me aisla. Las ondas de sonido se abren paso a través de la superficie de la burbuja, viajando por el líquido en su interior. Muevo las manos para ofrecer resistencia y frenarlas, pero no tengo éxito, el sonido de la alarma supera toda clase barreras. Me rindo, perdido en frustración, envuelto en molestia.
Una brisa suave entra por los pies y se revuelve por el interior del acolchado, el brillo se apaga y siento una calma extraña. El sonido de la alarma del celular cesa.
Me remonto a la noche anterior, en la que hubiera querido permanecer una eternidad, desafiando las leyes físicas que envuelven los conceptos de apreciación temporal. Esa noche fantástica daba claridad para pensar y recorrer enteramente las situaciones que alguna vez me perturbaron y que hoy ya no considero como mías. El perfume de las flores, de los árboles que me rodean, hacen que me detenga en esas cosas que nunca quise pensar, como si en el fondo supiera que hay cosas que debo hacer aunque no quiera, aunque no sea mi responsabilidad, aunque otro pudiera encontrar una mejor respuesta. En ésta noche nadie podría encontrar una mejor respuesta que la mía.
Una nueva brisa lleva mi mirada hacia las piezas del rompecabezas. Extiendo mis manos y comienzo a darles sentido, a ponerlas en su lugar frenéticamente, solo para darme cuenta que no encajan más allá de las posibles combinaciones y posiciones a las que las quiero someter. Observo detenidamente y veo con precisión que dentro de cada pieza hay pequeñas personas atrapadas; están gritando y golpeando para que alguien las libere de sus pequeñas prisiones. Me miran con suplicio y yo no puedo hacer otra cosa más que seguir intentando poner todo en orden, tal vez si armo el rompecabezas los pueda salvar. No sabía si eso era cierto, si quedarían libres o no; aunque tal vez merecen estar ahí atrapadas y no es cosa mía, ni de nadie más, liberarlos. Encajo dos piezas a la fuerza y al hacerlo una de ellas amenaza con quebrarse. En seguida la persona dentro da muestras de dolor y aterrorizado suelto las piezas. Todas las personas dentro de las piezas cercanas me miran como si tuviera culpa de algo, y no logro entender. Todos me dan ahora la espalda, y me hacen señas para que los deje en paz. Comienza a llover repentinamente y el agua llena las ranuras de las baldosas creando una pequeña corriente de agua y barriendo las piezas del rompecabezas. Quiero correr a juntarlas, a salvarlas de un futuro incierto o del trágico fin en alguna alcantarilla, pero algo me frena. Me quedo sentado sobre las baldosas, cruzado de piernas, pensando en cosas que no son mías.
Un trueno rompe la noche, y cierro los ojos, y estoy seco, y no siento olor alguno.El brillo intenso vuelve a molestar, y la alarma del celular vuelve a sonar. Abro los ojos. Revuelvo una vez más el café con leche, lo pruebo, y ya está frío ... otra vez.
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