Estoy parado al borde del vacío. Ahí abajo se ve la calle, los autos que pasan, la gente, el puesto de verduras, el quiosco de la esquina. El viento es suave, y yo no deseo otra cosa más que volar, irme lejos, bien lejos. Esta vez, como todas las veces anteriores, me dejaron bastante deprimido ante mi cobardía y mi resignación en cuanto a emprender vuelo. Algo me frenaba, como si supiera o estuviera encerrado en la idea de que nunca sería posible.
Hago fuerzas, siento mi espíritu, mi corazón, y las lágrimas salen solas de mis ojos. Miro al cielo y está tan nublado como siempre...no me da una respuesta. Desprendo toda mi rabia e ira en un puño que se estrella contra el parapeto. No dejo de hacer fuerza para que la situación cambie y elevo mi vista al cielo una vez más, con los ojos llenos de lágrimas, y acompañado de un grito que no pude escuchar con claridad porque dos puntadas me partieron la espalda a la altura de los omoplatos. Quedé inmóvil, y solo sentía un dolor extremo hasta los huesos. Miré mi sombra a un costado y no entendía, era diferente. Intenté mirar por sobre mis hombros, pero el dolor no me dio una tregua. En un esfuerzo me compuse y pude analizar un poco mejor la situación.
En mi espalda crecían alas, no como las de las aves, sino como las de los ángeles. Quería ver más, tocarlas, pero el dolor comenzaba a vencerme otra vez. Luego de un par de minutos, agarrado fielmente al parapeto, el dolor cesó.
Era cierto, tenía ahora alas. No las podía mover, como si mi cuerpo no supiera operarlas. Supuse que la mejor manera era aprender como las aves, tirarme al vacío y esperar que mi instinto se desprenda y que mi salas se llenen de energía y me salven de una colisión inmediata contra el asfalto.
Con mucho cuidado me dispongo a subirme al parapeto, triunfante, de nuevo al borde del vacío. No presto atención a lo que yace unos cuantos metros más abajo, sino que mantengo la vista horizontal, por sobre todos los otros edificios, y casas. Veo que las nubes dejaron un hueco para que el sol ilumine con su luz, lo tomo como una señal de aprobación.
Me dispongo a saltar, automáticamente una cuenta regresiva se dispara en mi mente: tres, dos, uno.-Algo me frena.
Forcejeo e intento saltar, pero hay algo que me agarra por atrás. Una sensación de miedo me invade, y para no darme vuelta miro mi sombra. Veo que una figura enorme, con cuernos, me agarra las alas. No sé qué hacer para liberarme, pero no tengo tiempo para pensar. Siento sus garras prendidas en mis alas, como cada uno de sus dedos penetra en la carne. La criatura se ríe, con una carcajada que aumenta en insanidad; estoy aterrorizado.
De repente veo que la criatura, un demonio, me levanta en peso y me enfrenta al vacío. Palabras que no puedo entender salen de su boca, y se dispone a separarme de mis alas, a arrancarlas. Me quiero zafar de esas manos, pero su fuerza es increíble. Miro hacia abajo y muevo mis manos y piernas alocadamente, con la esperanza de que alguien me vea y acuda a mi ayuda. Nadie reacciona. Comienzo a sentir dolor nuevamente, más profundo que el de hace unos momentos, el miedo y el dolor me invaden y grito desesperadamente. Elevo mi vista al cielo ya no veo el Sol; lo único que siento son las carcajadas de ese demonio que quiere privarme de mis sueños, de algo que en este momento es mío y de nadie más. Siento mis huesos quebrarse, y mis plumas se van desprendiendo, volando con el viento. Creo ahora que se aproxima una tormenta. Caigo de boca al suelo de la azotea y siento como un pie, de proporciones anormales, se posa sobre mi espina dorsal--entre las dos alas-- y hace fuerza para terminar de desprender las alas de mi espalda.
El dolor ya no me dejaba pensar con claridad, y rendido deseo la muerte.
Las alas finalmente se desprenden, las carcajadas hacen eco en mi mente, la lluvia se desata, y quedo libre al vacío. Ya no importa nada más.
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