19 jun. 2009

Mi apartamento

Un ruído en la cocina me despierta de la siesta. Me había quedado dormido mientras hacía algo de tiempo antes de que empezara el partido. Miro el reloj, todavía faltaban dos horas. Vuelvo a la cama, a intentar dormir una vez más. Parece que lo logro.
Estoy ahora en mi cama, la que usaba en casa de mi padres cuando era un niño. Siento el olor de aquel viejo apartamento. El Sol me pega en la cara, haciéndome caricias. El canto de las aves llenan la habitación, y la voz de mi hermana me llama a desayunar. Se que nada es de verdad, que todo es un sueño, pero no me importa. Me quedo quieto, intentando sentir cada detalle con la mayor apreciación posible. Algo golpea la ventana ubicada sobre mi cama. Un instante más tarde, un nuevo golpe se hace oír aún más. Le sigue otro, y otro, y otro.
Me despierto obligado. Alguien golpea la puerta violentamente, sin cesar. Siento gritos del otro lado. No quiero abrir, quiero hacer de cuenta que no estoy. Los golpes en la puerta se hacen cada vez más feroces, deduzco que están usando ahora alguna clase de herramienta, un martillo tal vez. Me dirijo rápidamente hacia el teléfono para llamar a la Policía, pero el mismo no estaba en su base. Lo busco con la mirada pero no tengo éxito, y tampoco puedo hacer demasiado ruido sino sabrían que estoy en casa. Intento pensar en una solución, algo que pueda hacer más que esperar que esa persona derribe la puerta. En ese momento se abre la rendija del buzón, y nuestras miradas se cruzan. Eran unos ojos grandes y celestes. Estaba perdido, sabían que estaba en casa, me vieron.
El sujeto seguía gritando cosas en un idioma que no reconocía, definitivamente no lo entendía. La puerta parecía ceder tras los golpes, cada vez más cascada, como rindiéndose ante la brutal paliza que estaba recibiendo. Sabía que no iba a tardar mucho más para que esa persona entrara.
Salí rápidamente del pasillo, recostándome sobre la pared en uno de los lados de la habitación. Sentí mi respiración agitada, mi corazón latiendo a mil, lo mismo que podría haber sentido luego de cinco tazas de café. Un fuerte y violento golpe rompe el pestillo, y las bisagras crujen ya vencidas al abrirse la puerta. Hay silencio absoluto. Imagino al sujeto entrando con el martillo en su mano derecha, caminando sigiloso, sin saber con qué encontrarse. La ventaja es mía, el factor sorpresa está de mi lado—de alguna manera me intenté convencer de eso. Siento que la persona se quitaba los zapatos en la entrada—para no hacer ruido quizás. Miro por el ventanal y veo las copas de los árboles moviéndose alocadamente, al mismo tiempo que una bandada de gaviotas pasa volando entre ellas, como peleándose por algo, por comida quizás. La decisión está tomada, éste es mi lugar y no voy a dejar que venga un cualquiera a romper mi puerta, a robarme, u otra cosa.
Me despego de la pared disparado en adrenalina, transformado en rayo. Doy la vuelta, y más veloz que nunca encaro el pasillo. Allí lo veo, todavía sacándose los zapatos. Una fuerza increíble en mis piernas me da una aceleración que nunca antes había sentido, tal vez porque nunca estuve en una situación tan crítica. Estaba a un par de metros del sujeto cuando veo que ya me estaba apuntando con un arma—hubiera preferido el martillo. Comienzo entonces a zigzaguear, rebotando por el pasillo, posando mis pies consecutivamente en las paredes hacia uno y otro lado. El sujeto dispara. Sigo corriendo, nada me detiene, creo que la bala no me dio. Salto hacia adelante impulsado con el embión de la carrera. Toda mi energía se descarga desde mi puño hacia la nariz del hombre al hacer contacto lo primero con lo segundo. Tal es la fuerza que lo desplazo varios metros hacia atrás, sacándolo fuera del apartamento. Sigo mi corrida frenética hacia afuera. Veo sangre en el suelo y al hombre tirado a pocos pasos del ascensor. Me dirijo a nuestro encuentro una vez más, cuando por la puerta del ascensor salen dos policías. El hombre desde el suelo dice algo en ese idioma que no entiendo, y los policías me apuntan con sus armas. No entiendo que hablan pero la situación no me favorece. No lo pienso dos veces, tengo que escapar. Entro corriendo al apartamento, solo hay una salida. Sin tiempo de agarrar ninguna de mis pertenencias abro la puerta del balcón. Siento disparos y balas que dan contra los muebles detrás de mi. Ya estoy fuera, en el balcón, y salto la baranda lanzándome al vacío. Siento un ardor en las costillas, del lado derecho, una bala me rozó. La caída se hace eterna. Logro aclarar mi visión y me doy cuenta que el apartamento estaba bastante más alto de lo que pensaba, voy en caída libre probablemente desde un octavo piso, entonces ... tal vez ese no era mi apartamento.

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