19 jun. 2009

Saeta


Medito sentado en el pasto qué tan lejos llegará mi próxima flecha. "Tan lejos como sea posible", me contesto.
Me detengo a examinar la madera con la cual está hecho mi arco, el más puro de los Cedros. Adoro su olor. Recorro el arco enteramente con mis mannos y llego a un punto de comprensión más allá de la razón humana, como si la misma esencia del Cedro me hablara. Como si pudiera entender que él sabe lo que quiero, que él se conecta conmigo y no me culpa, ni juzga, por las decisiones que alguna vez tomé al blandir el arma que conteniene su esencia.
Abro los ojos, decidido a terminar con todo de una vez, y darme justicia a mi mismo. Me paro sintiendo la hierba, que acaricia mis pies descalzos, oliendo el perfume del campo en la cima de la colina, admirando las distintas tonalidades de verde como nunca antes. Tomo una flecha y apunto con mi arco hacia cielo, a una estrella, al Sol. Estoy preparado, no puedo fallarme otra vez.
Disparo la flecha, la cual acelera de una manera increíble, sobre humana, arrastrando mi esencia, mi alma, con ella; dejando mi cuerpo inerte caer sobre la hierba. No estoy más dentro de mí, no pertenezco a nigún lado. La flecha es mi guía.
Cruzamos el cielo a una velocidad impresionante, fuera de la percepción humana. Pasamos entre las nubes barriéndolas como el viento, expulsándolas del espacio que alguna vez ocuparon. Sin darme cuenta, el proyectil ya no está más conmigo.
El cielo se transforma en negro y lo único claro es mi destino, esa estrella.
Ahora soy saeta que surca el espacio, que sigue viajando a una velocidad brutal. Ahí está toda mi esencia, y las milésimas de segundos que pasaron me hacen sentir viejo. De a poco la velocidad disminuye, y llego a ella, la gran estrella que nos da vida. Puedo verla en toda su inmensidad, puedo sentir su calor al máximo, y tocar su superficie. Llego al orígen de toda vida, lejos de cualquier pensamiento, de cualquier realidad.
Llego a mi destino y me dejo ir, y soy uno con el Sol.

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