Intento comer otro trozo de carne como si nada hubiera ocurrido. Ella levantaba la mano al mesero para rellenar las copas. No se dio cuenta de mis inquietudes, ni de mi preocupación.
Llevo el tenedor a la boca con un trozo de carne más pequeño que el anterior, esperando no tener dificultades esta vez. ¿Serían los nervios por la cita?
El tenedor entra en mi boca y muerdo el trozo de carne. Lo siento, lo tanteo con la lengua, lo muevo hacia el otro lado de la boca, y lo vuelvo a morder. No puedo masticarlo, mis dientes parecen no tener efecto. Al cortar la carne con el cuchillo, en primera instancia, no sentí nada extraño; es decir, la carne no era dura, sino todo lo contrario. Muevo el trozo de carne por toda la boca, buscando que alguno de mis dientes sea capaz de, aunque sea, cortar ese pedacito de carne en dos. No hay caso, siento que en lugar de carne muerdo algo parecido a la zuela de un zapato. Intento ponerle ganas, más fuerza a la mordida, pero no tengo resultados positivos. Comienzo a desesperarme. Miro a mi novia, ella sigue buscando al mozo.
Tomo el vaso con agua, para intentar bajar el trozo de carne con algo de ayuda. Al mismo tiempo me aflojo el nudo de la corbata, y desprendo los primeros dos botones de la camisa.
Mi garganta está totalmente cerrada, ni siquiera puedo tragar el agua. Con el trozo de carne hacia uno de los lados, escupo el buche de agua de nuevo en el vaso. Miro a mi novia, ella está de espaldas, sigue buscando al mozo. Intento respirar hondo, pero lo hago con dificultad. No sé que me pasa. Intento morder el trozo de carne otra vez, pero los dientes me duelen. Los tanteo con mi lengua y toda la boca yace en agonía, y no entiendo por qué.
Se me escapa un gemido de dolor. Mi novia lo escucha, se da vuelta y suelta un grito terror, está horrorizada, me mira, y grita llamando al mozo, pidiendo ayuda. Yo no sé que pasa. La gente en las mesas cercanas me miran también horrorizadas. Mis manos se tiñen ahora con sangre. Sangre que aparece también en el mantel, en el plato, en mi camisa, en mi pantalón. No entiendo que pudo haber ocurrido, pero no importa mucho. Escupo finalmente el maldito trozo de carne, también con sangre. Tomo rápidamente servilletas y comienzo a limpiarme. Mi novia sigue mis movimientos atónita, sin dejar de pedir ayuda, y me señala la boca. Sin saber por qué, me la tapo con las servilletas, tal vez por vergüneza, y corro al baño. Voy atropellando a la gente en mi camino, gritando que es una emergencia.
Llego al baño, me miro al espejo, mi boca se ve normal. La sangre no aparece ya en mis manos, camisa o servilletas. ¿Habrá sido todo una alucinación?
De repente se van las luces del baño. Quedo sumergido en una oscuridad total, ¿seré tan infeliz que justo se corta la luz en este momento?
Estoy inmóvil, esperando que algo pase. Veo de pronto una cara diubujándose en el espejo, no es la mía, y ahora no estoy seguro si eso es el espejo. Miro hacia atrás, pero no puedo ver nada. La cara va cobrando una forma definida, es pálida, huesuda, como la de una persona muy vieja, cascada por el tiempo, y mal alimentada. Sus ojos son completamente blancos, redondos, brillantes. Abre la boca y de ella sale un grito que me parte los oídos, me aturde la mente, y con los ojos cerrados caigo de espaldas al suelo.
Todo es oscuridad, no me puedo mover, siento el gusto de la sangre en mi boca, y ya no puedo pensar más.
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