Me paro frente al amplio ventanal, a través del cual veo perfectamente definidas las texturas del mundo en el que estoy. Todo es increíblemente real. Los colores se acentúan y explotan en mi mente sobrepasando todos mis límites de procesamiento de información. Mantengo la mirada fija en un punto y mis alrededores parecen expandirse, doblarse, como si estuviera en el ojo de una tormenta caleidoscópica. Intento mirar hacia los lados pero no lo hago, temo que esa sensación culmine abruptamente.
Todo sigue girando a mi alrededor, no me mareo, la sensación sigue siendo agradable; busco expandirla, llevarla al límite.
Estiro mi brazo e intento llegar a tocar alguno de esos maravillosos colores. El vidrio del ventanal se interpone en el camino. Paso mi mano sobre él haciendo círculos, con algo de temor--no quiero ensuciarlo--, y asimilo la consistencia del material. Es frío y más allá de su rigidez lo siento maleable. En este momento solo las yemas de mis dedos se posan sobre el vidrio intentando separar las moléculas que le dan forma, intentando escurrirse a través de ella y permitirme llegar a los colores. Por más que intento no logro cambios aparententes. Los colores comienzan a bailar más lentamente, y las formas se sueltan en elipses y parábolas; o tal vez lo noto así porque mi concentración está casi enteramente ocupada con el vidrio. Decido aplicar más fuerza en las yemas de mis dedos, con cuidado de no causar una catástrofe; no quiero romper el cristal.
De repente el ventanal parece rendirse, o aceptarme y darme paso; entonces siento que el vidrio ya no es tan sólido, tan rígido, sino que adquiere una textura elástica que cede ante la presión de mi mano. Los colores parecen prepararse para envolverme tan pronto tengan la posibilidad, y me motivo a mi mismo pensando en que ya casi estoy ahí. Pienso en usar mis dos manos para ser más efectivo. Desvío un poco mi mirada y me doy cuenta que ya estaba usando las dos manos.
Sigo empujando con fuerza, el vidrio totalmente flexible sigue ofreciendo resistencia y yo intento abrir un hueco con mis dos manos. No logro tener éxito, y entonces comienzo a usar las uñas, intento rasgar desesperadamente ese material. Intento usar también una de mis piernas en el proceso. Sin darme cuenta voy pasando a través del marco, aunque el vidrio-- transformado ahora en ese material elástico-- sigue ofreciendo resistencia.
Por momentos no veo los colores definidos sino una gran mancha formada por todos los colores que se empujan por su propia porción de existencia.
Apoyado con todo el peso de mi cuerpo empujo ahora también con mi cara. Siento la presión del material en mi frente, en mis mejillas. Intento comunicarme con él, pedirle que me deje pasar de una vez. Uso mis manos como para abrir un hueco e intento hacer pasar mi cabeza.
Siento que lo voy logrando, siento que el marco se aleja y que la presión sobre mi cara aumenta y comienza a doler un poco. El dolor se hace cada vez más intenso; siento que pasa lo mismo en la palma de mis manos. Intento luchar contra él con todas mis fuerzas y grito desesperadamente con todo mi ímpetu, mi espíritu. El vidrio me ahoga y se abre paso por mi garganta hasta los pulmones; ya no puedo respirar. Todos los colores se tornan blancos y aumentan con un brillo enceguecedor; no cierro los ojos sino que dejo que ese brillo penetre libremente, ignorando sus consecuencias.
Todo parecía perdido, pero el aire vuelve a accionar mis pulmones, y mi cuerpo vuelve a funcionar. Caigo de cara contra una baranda y una tos molesta me invade. No logro contener mi saliva, que se escurre por la comisura de mis labios y cae en el dorso de mi mano.
Mis ojos siguen cegados por el brillo, y noto que recupero mi sentido del oído. Estoy de rodillas, con mi cara aún apoyada torpemente en los barrotes de una baranda, mis brazos caídos, flojos. Siento el viento en mi cara, y olor a pino. El brillo comienza a disminuir y de a poco voy reconociendo las formas que había visto previamente. Todo era real, y mi misión parecía haberse cumplido. Veo los colores que tanto anhelé pero rápidamente se inhiben, se neutralizan, se desvanecen.
Una lágrima recorre ahora mi mejilla al ver que el torbellino de la vida no es nada más que un gris en un sin fín de variedades.
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